CAMBIO O RESIGNACIÓN, ES MAÑANA

A 24 hs. de definirnos como sociedad
A 24 hs. de definirnos como sociedad

Los que superamos ya con cierta holgura los 40 abriles y llevamos unos 30 persiguiendo un cambio que estamos convencidos que es posible, sabemos hoy que estamos, como nunca antes, frente a la posibilidad de generar un bisagra un la historia. Y eso empieza mañana, o no empieza.

*Por Horacio Minotti. Director periodístico
*Por Horacio Minotti. Director periodístico

La recuperación democrática fue un hito trascendental en la vida de muchos de nosotros. Se doblegó por entonces, no solamente a los dictadores, su cultura del miedo, la muerte y la supresión de la ley, sino también y en las urnas, a sus aliados, los que habían pactados con ellos para establecer una democracia ficta, donde los de siempre mantuviesen el poder y las reglas siguiesen siendo las antedichas, las que se ajustaban a su modo de ejercer el poder.

Por diversos motivos todo aquello se desmoronó en unos pocos años, e incluso, muchos de los mismos que en su momento lucharon por transformar, se adaptaron a la mecánica de aquellos a los que habían derrotado antes. Desde entonces parece que para nosotros nada es posible, que el cambio es el sueño delirante de unas pocas mentes febriles, y nos entregamos a la resignación, nos dejamos invadir por mitos generados desde el poder para mantenerlo: “tenemos el gobierno que nos merecemos”, “este país solamente lo puede gobernar tal partido”, y varios otros en similar sentido.

Entretanto, a la cultura del miedo, del no podemos, se le sumaron otros elementos de desinterés, la case política consiguió construir una enorme pared para alejar a los ciudadanos, diez años de menemismo nos hicieron creer que “tengo” (a cualquier costo) está por encima de “soy”, el breve lapso de Fernando De la Rúa buscó enseñarnos que no hay “transparentes”, los 14 años de peronismo subsiguientes sirvieron para reforzar la idea que el grupo que alcance el poder, lo hará para vilipendiarnos, usar a los más humildes para sus fines, mentirnos descaradamente, y si hace falta “cargarse” (en la acepción que quepa según el caso), jueces o fiscales molestos. Nos mostraron también lo indefensos que estamos porque el Poder Judicial no existe, es un simple apéndice del poder político.

El peso de todas esas cuestiones en nuestra mente definió que aceptásemos mansamente esas situaciones, y que llegado el momento de hacer aquello único a lo que parecíamos tener derecho que es votar, la oferta electoral que se nos ofrecía, no nos dejaba tampoco ninguna alternativa, y entonces decidíamos conservar por el simple temor a que los que viniesen nos la hicieran pasar todavía peor.

Encima se generó un tiempo de “intentos de regreso”. La alternativa a lo que nos oprimía, era la vuelta de lo que nos había oprimido antes. Trató de volver Carlos Menem en 2003, Roberto Lavagna en 2007, Eduardo Duhalde en 2011, y el radicalismo nos ofreció ese mismo año, al fantasma de Raúl Alfonsín, vestido con sus ropas, luciendo su bigote y su peinado, imitando su forma de hablar, pero todos sabíamos que no era él. La frustración se multiplicaba y la resignación tomaba un protagonismo central.

Pero lentamente, como se consolidan los grandes cambios, comenzó a surgir en la Ciudad de Buenos Aires algo diferente. Le llevo claro, un tiempo de maduración, de consolidación, de aprendizaje, de separar la paja del trigo, hasta estar en condiciones de afrontar el desafío de ofrecer algo mejor. Incluso puede decirse que hasta los tiempos se aceleraron por la necesidad social, el hartazgo y la desilusión. Pero en definitiva ahí está, Mauricio Macri al frente de una nueva gran esperanza, que no se basa únicamente en la posibilidad de una rotación de caras y de impronta, es mucho más profunda y tiene que ver con un cambio cultural, con entender que podemos aspirar a algo mejor, a más libertad, a que los dirigentes y el ciudadano sean lo mismo, a que la ley vuelva a imperar y a protegernos, y múltiples etcéteras.

Macri encarna hoy la disparatada idea de que los argentinos podemos ser mejores, y aspirar a más, y crecer y desarrollarnos. Y que el ciudadano puede demostrar en las urnas que ha madurado, que ya no teme ir en busca de un destino mejor. Su mensaje político no incluye solamente propuestas de gestión, Macri habla de recomponer los lazos entre las personas, recuperar el respeto y la consideración por el otro, habla de armonía.

Y como muchos de los grandes vuelcos de nuestra historia, esta nueva expectativa nace en la Ciudad de Buenos Aires, como aquel 25 de mayo, o aquel Obelisco del ’83. Nació, maduró y se expandió desde aquí. Y en pleno proceso de esa expansión, en el momento clave de esta oportunidad casi única, mañana se pone en juego si el dicho proceso continúa su paso constante y arrollador, o se aborta y queda en la historia como una esperanza fútil más, como tantas otras perdidas en la historia. Porque si la Ciudad no consolida el cambio, no habrá cambio.

Por cierto, los agentes que intentan mantener sus privilegios y que todo siga como hasta ahora darán pelea. La vienen dando, de todos los modos posibles: han presentado una opción pura que cayó en la primera vuelta electoral, y una opción camuflada, disfrazada de alguna cosa indeterminable, de modo que pueda parecer parte de la renovación pero que es lo mismo de siempre. Basta “rascar” un poco la cáscara para identificarlo. Pero muchas veces la gente no tiene tiempo de “rascar” la cáscara, y el engaño surte efecto.

Mañana hay elecciones que son cruciales para determinar como sigue esto. Si queremos consolidar la expansión del cambio o no, si seguimos siendo tan “engañables” como lo fuimos hasta ahora, o si hemos madurado como para identificar quien es quien. Nunca estuvimos tan cerca de volver a tener esperanza. Nos toca protagonizar a los porteños. Liderar el cambio o la prolongación del fracaso. Eso es lo que está en disputa. Lo demás es cartón pintado.

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