LO MISMO UN BURRO QUE UNA GRAN PROFESORA

La gran profesora
La gran profesora

*Por Jorge Enriquez. En el momento fundacional de la Organización Nacional, la Argentina tuvo presidentes que, además de políticos, eran intelectuales. Las llamadas “presidencias históricas” de Mitre. Sarmiento y Avellaneda no solo echaron las bases de nuestra arquitectura institucional, sino que marcaron el tono de la época por el alto valor intelectual de quienes ocupaban la primera magistratura.

*Por Jorge Enriquez. Columnista invitado
*Por Jorge Enriquez. Columnista invitado

Ni hace falta decir que hoy son otros los tiempos. Por otra parte, como lo marcó lúcidamente Max Weber en “El científico y el político”, la ciencia y la política son dos actividades distintas, que se distinguen fundamentalmente por sus diversos propósitos.

Podría ocurrir que un presidente fuera un erudito en cierta disciplina. Aún en ese caso, su función no es usar la eminente posición que ocupa para dar cátedra. Esto, que ya estaría mal, se agrava cuando quien pontifica no es un experto en ninguna de las áreas del conocimiento, sino alguien de cultura muy superficial que, como suele suceder en estos casos, siente un complejo de inferioridad y se cree obligado a exhibir que sabe mucho.

La señora de Kirchner, que se ha llamado a sí misma una “abogada exitosa”, pretende ahora que creamos que es también una historiadora exitosa. Entonces mecha a veces en sus interminables discursos por cadena alguna referencia al pasado, no por el placer mismo del conocimiento, sino para usarla contra algún adversario real o imaginario, generalmente distorsionada y mal digerida.

Es lo que ha pasado en estos días. Sin que nadie supiera a título de qué lo hacía, dijo que Hitler llegó al poder por la dureza del Tratado de Versalles que las potencias victoriosas de la Primera Guerra Mundial le impusieron a la derrotada Alemania.

Las causas de un fenómeno histórico nunca son únicas ni fáciles de determinar. En el origen del nazismo seguramente jugaron muchos factores. Es lo que intentó explicar en un artículo en “Clarín” el prestigioso politólogo Alejandro Corbacho, señalando que los líderes políticos debían tener cuidado con el uso de la historia para sus propios fines. La presidente se sintió ofendida y lanzó una catarata de tuits para desacreditar la opinión de Corbacho, a quien tildó de “burro”.

Casi ni vale la pena comentar semejante grosería. Pero no podemos dejar pasar sin mención la gravedad del hecho de que un Jefe de Estado insulte gratuitamente a un catedrático que expone una opinión, de un modo equilibrado y respetuoso.

Pareciera que en la Argentina, que comenzó con las presidencias históricas, hemos llegado a las presidencias histéricas.

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